De repente, mi hermana se movió, abriendo los ojos lentamente. Al verme allí, sonrió, y en ese instante, todo volvió a ser como antes. No necesitábamos decir nada; nuestra conexión era más allá de las palabras.
La habitación estaba envuelta en una oscuridad suave, solo interrumpida por la luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas. Era una noche tranquila, y en el silencio, se podía escuchar el suave ritmo de la respiración de mi hermana. Dormía profundamente, ajena a mi presencia mientras me sentaba al borde de su cama. tocando a mi hermana dormida